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viernes, 5 de mayo de 2017

DE ESPIRITISMOS Y BRUJERÍAS

Nuestro trabajo tiene intervenciones que podemos calificar como “normales”, si alguien es capaz de explicar este término, “anormales”, que son las que quedan fuera del otro grupo y que son las que suelo contar en este blog, y “paranormales” como en el caso que os cuento hoy.

Una noche, en nuestro recorrido rutinario, nos encontramos con otra patrulla que estaba colaborando en un accidente de tráfico, de esos de las intervenciones “normales”, y nos llamaron para que atendiéramos a un grupo de 4 chavales de unos 14-15 años que les estaban contando cosas un poco “anormales” y ellos tenían de sobra con el accidente y no podían estar a dos cosas, que ya sabéis que tenemos nuestras limitaciones. Los chicos estaban muy nerviosos y desencajados y hablaban todos a la vez, atropelladamente.

No nos enteramos muy bien de cómo había comenzado todo, pero el caso es que, según nos decían, unas amigas suyas les habían llamado por teléfono, que para eso está, y les habían contado que, aprovechando la ausencia de la madre de una de ellas, las chicas se habían animado a hacer una sesión de OUIJA, ese jueguecito con el que supuestamente se contacta con seres del “más allá”, como si más acá no hubiera gente maja para contactar, especialmente a su edad.


Pues como más allá debe de haber gente buena y mala (igual que más acá) alguno de aquellos seres, muertos, espíritus, espectros, ánimas, demonios o lo que sea, pero de mal carácter y condición, después de romper el vaso mediador usado en la comunicación, se había adueñado del cuerpo de una de sus amigas y la había dejado en un estado calamitoso. Como se lo habían dicho por teléfono, en un acto temerario por su parte, habían ido a comprobarlo y se habían encontrado a una de las chicas muy asustada y a la otra con los ojos negros “muy raros” y con una risa extraña constante e imparable, aparentemente poseída por no sabían qué o quién. La otra amiga decía que, según el “ente” que se comunicaba con ellas, si intentaban ayudarla la iba a matar. Y los chicos, acojonados (es más fino decir “asustados” pero este verbo los define mejor), salieron por patas a buscar ayuda. Y nos encontraron a nosotros.


A nosotros nos parecía que, más que posesión demoníaca, aquello tenía pinta de ser posesión de alcohol, que explicaría lo del vaso roto, o de alguna otra sustancia de dudoso origen y de más claro destino, que explicaría lo de la risa floja, pero al tratarse de un asunto con menores que podían estar sabe Dios (o los espíritus) en qué condiciones, decidimos que era mejor ir a comprobar el estado de las muchachas, que en casos como este, con menores implicados, más vale prevenir que curar y por pasarse de frenada nadie te dice nada, mientras que por quedarte corto vienen los problemas.

Los chicos, que no sabían darnos la dirección exacta, nos acompañaron hasta el portal de las amigas y, en un nuevo acto de heroísmo, subieron con nosotros hasta la vivienda para indicarnos la puerta y seguidamente, cual si de un auténtico poltergeist se tratara, salieron volando escaleras abajo en dirección a la calle, que para valentías y exorcismos ya estábamos nosotros, que para eso llevamos pistola aunque su eficacia sea dudosa ante el ataque de seres incorpóreos.




 Al llamar al timbre nos abrieron dos jovencitas de unos 14 años con cara de no haber roto un plato en su vida y un niño de 10 con cara de sorpresa al vernos en su puerta. La casa estaba ordenada y limpia y sin señales de que allí hubiera pasado nada fuera de lo corriente, salvo que una de ellas tenía enrojecidos los párpados y parte de las mejillas.

Cuando les preguntamos si había algún problema negaron la mayor, pero mi compañero fue sonsacándoles poco a poco hasta que confesaron que todo había sido una broma a los chicos, y lo de los párpados era debido al intenso lavado de cara para borrarse la raya que se había hecho en los ojos y que era lo que le daba el aspecto “raro” que decían los chicos.

Tras la correspondiente regañina y advertencia sobre las consecuencias de algunas bromas y cosas así, nos marchamos de la casa y, al llegar a la calle, nos encontramos a los chicos ansiosos y a la espera de noticias. Los pobrecillos todavía tenían el susto en el cuerpo y les tuvimos que explicar que las chicas se habían reído de ellos, lo que, paradójicamente, no les hizo ni pizca de gracia. Pero también les dijimos, para su tranquilidad, que no se habían equivocado del todo: el susto no había sido cosa de espíritus, sino de brujas. Aunque sólo tuvieran 14 años.






sábado, 1 de abril de 2017

Un viaje a Nueva York: Las palizas a caminar.

Segunda entrega de los whatsapps-resumen que enviábamos por las noches a las familias durante nuestro viaje a Nueva York.

 Sábado, 15 de octubre de 2016
Fin de jornada. Desguazaditos estamos.

Pese a las críticas a la globalización es una suerte que se puedan encontrar cosas tan útiles como el Compeed en cualquier aldea perdida del mundo como Manhattan. Eso me va a permitir recuperar el dedo gordo del pie, que no ha hecho más que rozar a partir de las dos primeras horas de caminar.

Pepe se teme unas agujetas de caballo pero no aparenta más desastre aunque dice que mañana va a pagar el exceso de hoy.

Mis rodillas también se quejan pero eso ya me lo esperaba.

La más fresca (en el sentido de entera, no en el otro) es la moza. Se nota la juventud y el entrenamiento de caminar viendo esta ciudad.

A la entrada de la ONU. Como era sábado no había banderas, que el conserje también descansa.

De momento está siendo interesante. Como estar en una peli americana. Las casas son muy altas y con unas cristaleras que da miedo pensar en limpiarlas. Unas son más chulas que otras y con mejor gusto (se nota que el que la pagaba tenía pasta) y otras parece que han aprovechado el terreno de un huertecillo para tirar metros hacia arriba y vender más pisos. He llegado a la conclusión de que el tío de la plomada era muy bueno porque le han quedado muy rectitos.


Aparte de esto, la ciudad es ruidosa, sucia y llena de obras. El tráfico es caótico y los turistas estamos por todas partes, como las ratas por la noche. Ayer vimos una decena en una acera y hoy casi piso otra. Es fantástico para ser la supuesta capital del mundo.


Antes de las elecciones, cuando los neoyorkinos no pensaban  que pudiera ganar.

La única visita a interiores ha sido al MOMA. Menos mal que sólo hemos pagado 5$ y no los 25$ de la entrada normal. Por lo menos nos hemos echado unas risas haciendo el gilipollas en las fotos. La visita me la ha salvado Picasso, que no es precisamente mi favorito, y algunos cuadros de un tal Warhol que aparecen en los libros y que ya hemos visto que existen de verdad.




  
El resto de la visita del día ha consistido en caminar y caminar y caminar entre rascacielos de todas las alturas, formas y colores haciendo fotos.


La comida a la americana. Hamburguesa doble con queso y patatas fritas hasta reventar. Todavía me duran en el estómago. Ahora a cenar un donut y un poco de leche y a la camita a ver si el concierto de esta noche es más suave y descansamos bien.

 

Seguiremos informando.



Domingo, 16 de octubre de 2016

Otra jornada con destrozina aunque en menor dosis.

La noche no me fue mal. Aunque el solista en esta ocasión fue Don José, con sus ronquidos en un forte allegro que cesaron a petición del público. En el segundo acto me dormí y no volví a oírlo y sólo me despertó a medias una sirena y voces por la megafonía. Estos polis siempre tocando los bemoles.

La visita de la jornada empezó bien en apariencia. Como gente religiosa que somos, nos fuimos a misa y elegimos la Iglesia Baptista de los Primeros Corintios, que anunciaban un oficio góspel. Había mucha cola pero nos dijeron que no había problema de espacio y ahí nos pusimos a esperar.

 

Para amenizarnos la espera pasaba constantemente una de las feligresas ofreciendo unos sobrecitos en los que meter un donativo, que la fe del turista no basta para mantener el culto, y que había que irlo presentando a la entrada e introducirlo en una urna en presencia de otro de los parroquianos antes de acceder a un teatro de dos pisos. Como soy del género araña, aprovechando el anonimato del sobre me limité a meter un dólar. Otros parroquianos se encargaban de la acomodación de los turistas en el gallinero mientras un grupo de góspel-rock se encargaba de calentar el ambiente.


 
Pero el supuesto calentamiento se prolongaba, en el escenario no cabían los esperados coros de negras culonas con túnicas y los parroquianos del patio de butacas seguían los cánticos con devoción. En ese momento empecé a pensar que mi inclinación arácnida había sido la correcta y que aquello no era lo esperado, sino un sacaperras para turistas. Tras una breve consulta e intercambio de opiniones decidimos que era mejor seguir camino.

Paseo por Harlem hasta el Cotton Club, un antro que por fuera parece un bar de chicas alegres de poco precio y que, como estaba cerrado, no pudimos comprobar si dentro había jazz o chicas. El barrio es chulo y agradable, con casitas de las que aparecen en las pelis, esas de escaleras de emergencia que unen los balcones en las fachadas.

 

  

Comida a la americana: pollo frito y rebozado hasta reventar, patatas fritas y pasta con queso y mantequilla. Estaba todo muy bueno y sobró.


Hicimos un paso breve por el campus de la Universidad de Columbia, donde intentamos infructuosamente que se nos pegase un poco de sabiduría, y después visita al museo de ciencias naturales. Demasiada información y demasiadas cosas para ver, por lo que no quedó más remedio que verlo a la carrera y parar sólo en lo diferente o atractivo: en nuestro caso fue la zona de dinosaurios, un par de vídeos sobre agujeros negros y el Big Bang, y la reproducción (me refiero a la réplica) de la ballena azul (o blanca, que ya no sabía ni lo que veía).




Cuando nos cerraron el museo, nos fuimos a Central Park a descansar un poco. Luego un paseo y a cenar unos yogures y fruta a un centro comercial que tiene mesas para que la gente se coma lo que compra. Menos mal que Sara ya va conociendo estos "chollos" teniendo en cuenta los precios de Manhattan: huevos a 7$, carne a 50$, fruta a 7$ el kilo (aunque aquí ponen el precio por libras y engaña porque parece menos).




Otro paseo hasta casa pasando por Times Square y a la cama a recomponer los cuerpos. Mañana ruta corta para descansar. Ayer fueron 25 km y hoy unos 20 km y museo.

Pepe ya está en la cama y dormido mientras yo escribo. Misteriosamente no ronca. Estará esperando a que me vaya a la cama. A ver si no se da cuenta de que los demás nos acostamos y dormimos todos bien.


Hasta mañana.



viernes, 24 de febrero de 2017

Un juicio de película.

El final de muchas de nuestras intervenciones es en el juzgado. En la mayoría de los casos este final está cantado porque, como somos simples patrulleros que no nos dedicamos a la investigación, a nuestro cliente lo pillamos in fraganti o la evidencia lo deja sin escapatoria. Pero a veces las cosas no son como parecen, en el juicio se les da la vuelta y el resultado es impredecible, como en el caso que os cuento a continuación.

Hace muchos años acudimos a un accidente de una moto contra una farola. Allí estaba el dueño de la moto, conocido por sus amigos como “El Indio”, que nos dijo que era el conductor y que, como podéis imaginar, tenía algo más que un pedete lúcido. En el suelo estaba el acompañante, menor de edad, conocido  por sus amigos como “Pelopincho”, que no nos dijo nada porque estaba bastante fastidiado a consecuencia del tortazo y de la descomunal borrachera que traía puesta. Además, se había meado encima y resultaba demasiado desagradable al olfato como para acercarse y hacer muchas preguntas.


A El Indio le hicimos la prueba de alcoholemia y dio, como era de suponer, bastante positivo y, tras responder a sus preguntas sobre las consecuencias judiciales del accidente y de la alcoholemia, comenzó a plantearnos la hipótesis de que fuera Pelopincho el conductor de la moto y no él, pero al final volvió a reconocerse como conductor porque Pelopincho no tenía permiso de conducir, era menor, y su estado era calamitoso además de aromático.

El día del juicio me sorprendió que, a pesar de nuestro impecable atestado clarificador, hubiera citados muchos testigos y algunos peritos, pero cada cual plantea su defensa como puede. En primer lugar, entró a declarar El Indio como acusado y luego Pelopincho como perjudicado al haber sufrido lesiones en el accidente y además, para sorpresa nuestra, actuaba como denunciante. Luego entró mi compañero a ratificarse en nuestro atestado y el siguiente en entrar iba a ser yo, pero mientras me llegaba el turno entabló conversación conmigo uno de los peritos, que debía aburrirse durante la espera y me contó cosas…


A continuación, me tocó el turno para entrar y ratificarme en nuestro genial atestado, pero cuando finalicé y me senté junto a mi compañero le dije “esto se va a poner divertido, porque le hicimos la alcoholemia a El Indio y conducía Pelopincho”. Me miró sorprendido pero se dispuso a ver el espectáculo que yo le había vaticinado.

Después de mí entraron varios jóvenes que declararon exactamente lo mismo: a la pregunta del juez “¿tiene Vd. relación con el acusado o con la víctima?” todos contestaron más o menos “soy amigo de El Indio y era amigo de Pelopincho, pero con éste ya no me hablo por la canallada que le está haciendo a El Indio, porque se quiere aprovechar y le quiere sacar la pasta”. Después, a las preguntas del fiscal y del abogado, todos declararon que el día del accidente estaban todos juntos y cuando los desafortunados motoristas se marcharon del bar era Pelopincho el que conducía a pesar de no tener permiso de conducir, y que el accidente se produjo a escasos trescientos metros de donde se habían despedido. Los gestos y tonos de desprecio hacia Pelopincho por parte de los ex amigos no son reproducibles en este escrito, lo que le quita cierta gracia a la situación.


Tras los testigos era el turno de los peritos, y el primero en entrar fue el que estuvo hablando conmigo. Era un perito especializado en accidentes de tráfico presentado por la defensa de El Indio, y en el juicio contó lo que me había contado (y enseñado, que todo hay que decirlo) a mí: en un accidente de moto a alta velocidad (superior a 60 km/h), el conductor se estrella contra el obstáculo y el acompañante sale catapultado por encima del conductor; en cambio, en los accidentes a baja velocidad, como era el caso, el acompañante sufre distensiones en el interior de los muslos al aplastarse contra el conductor, mientras que el conductor sufre lesiones en las muñecas al recibir el impacto del manillar y posteriormente en las caderas y crestas iliacas al caer de la moto de lado. Resulta que Pelopincho reclamaba lesiones en una muñeca y tenía un desplazamiento pélvico que afectaba a los esfínteres (por eso se meó tras el accidente), lesiones que concordaban con las propias del conductor. La verdad iba apareciendo y la mirada de la madre de Pelopincho se iba enfureciendo según miraba a su hijo.


En ese momento, le tocaba el último turno de declaración a la estrella del juicio, la médico (o médica) forense del juzgado que, por su neutralidad, podía desmontar o ratificar la declaración del perito. Pero no hizo falta. Comenzó a leer su informe sobre las lesiones con datos objetivos: “...el conductor, D. (Pelopincho), presenta lesiones en su muñeca derecha….”. Automáticamente el juez cortó su declaración: “Espere, espere Sra. Forense, que precisamente estamos en saber quién era el conductor, y en principio D. (Pelopincho) es el acompañante”. La forense miró rápidamente sus notas y dijo: “Cuando le pregunté a D. (Pelopincho) cómo se había hecho las lesiones, me dijo que conduciendo una moto y así lo he reflejado en mi informe. Además, las lesiones se corresponden con las habituales en un conductor de moto accidentado, así que no cabe duda”.


Pelopincho había metido la pata hasta el fondo el día que habló con la forense y, con la guardia baja, le había contado la verdad. Si las miradas matasen, la madre de Pelopincho habría conseguido evitar hasta las futuras reencarnaciones de su hijo, que no sabía dónde meterse. A El Indio se le veía aliviado y relajado al verse libre de una condena segura y de la descomunal indemnización que le pedía su ex amigo. Y eso que lo había tapado.

Al final, El Indio salió absuelto, pero se tuvo que pagar el abogado y pasó unos meses acongojado hasta celebrar el juicio; y Pelopincho salió sin amigos, casi sin madre, sin indemnización y con pañal durante una temporada. Nada más eché en falta un procesamiento por falso testimonio o por denuncia falsa a Pelopincho, pero eso es cosa del juez y del fiscal, que ellos tendrían sus razones para dejar las cosas como las dejaron y yo no me meto en su trabajo.

Nosotros hicimos nuestro atestado con lo que había, pretendiendo hacer lo justo, pero como dijo mi compañero al acabar el juicio: la justicia, con sus caminos insospechados, le acaba llegando a cada uno a su manera.






martes, 24 de enero de 2017

Un viaje a Nueva York: El viaje.

Aprovechando la estancia laboral de Sara, sobrina por vía conyugal, en los nuevayorkes, Pepe, que es su padre, y yo nos animamos a pasar unos días en la capital del mundo actual, que la capital del mundo clásico (Roma) ya nos la conocemos. Pepe se encargó de diseñar el viaje y de organizar las rutas turísticas y yo iba de ladilla, enganchao a donde me llevaran y dispuesto a disfrutar de lo que hubiera.

Estas son las crónicas en 6 capítulos (que iré publicando poco a poco) de un viaje desde mi punto de vista, que no será el mejor pero es el mío, reconstruido a partir de los resúmenes nocturnos y de algunos comentarios que, vía whatsapp, enviamos a las familias y que les permitió vivir nuestra experiencia viajera casi en directo gracias a esto de la tecnología y sus avances. Ya sé que faltan cosas, pero esto no es una guía turística, que de esas hay muchas.

Vamos a ello.

Viernes, 14 de octubre de 2016

Después de un viaje rápido y cómodo en autobús, a las 12:15 me encuentro en el aeropuerto con Pepe, que se ha fugado del curro, y lo primero que hacemos es facturar para quitarnos de en medio las maletas aprovechando que no hay cola en el mostrador de Iberia y, ya sin carga, nos tomamos un cafelito en un bar del aeropuerto con el que a Pepe también le descargan el bolsillo. A partir de ahora beberemos agua de los servicios o llegaremos a Nueva York sin dinero.

13:30. Pasamos los controles de seguridad y, como no podía ser de otro modo, me escogen a mí para hacer el test de explosivos, como si tuviera pinta de yihadista o algo así. El test resulta negativo, que soy buena persona, y me dejan pasar con los demás a la zona de embarque, donde se empeñan en que gastemos a base de tiendas y restaurantes aunque sin conseguirlo, porque sacamos nuestros bocadillos y emparedados (lo de sándwich lo dejaremos para las Américas) y nos disponemos a zamparlos.
    
 

  
Nos llaman a embarcar (yo pensaba que era enavionar) a las 15:40 y me llevo la sorpresa de que el avión se llama “Mariano…”, y no se le ve el apellido porque lo tapa el pasillo largo ese que llaman “finger”. A pesar de mi congoja, al final resultó ser Mariano Benlliure. Ya me parecía que iba a ser mucho peloteo.
  
¿¿¿Mariano ..... ???

Se supone que el despegue era a las 16:45, pero media hora después nos dice el piloto que un contenedor en la bodega ha descarrilado y que hay que colocarlo. Cosa de “10 minutos” que casi se convierte en “semana” porque tienen que vaciarlo a mano, encarrilarlo, llenarlo y meterlo nuevamente. En total, hora y media eterna atados al asiento hasta el despegue a las 18:15.

Pensando que íbamos a despegar con puntualidad

 A las 19:30 (hora patria, que en vuelo ya no sé cual era por eso de ir atravesando husos horarios) nos dan lo que denominan “la comida”: Fusili a las finas hierbas que con un poco de sal y pimienta sabe a algo (será por eso que han puesto los sobrecitos); una caja con una especie de sémola y algo parecido a garbanzos y pasas, aunque sólo en el aspecto; un chusquito y una tarrina de mantequilla para apuntillar el hambre (el que la tuviera, que yo la he terminado porque me enseñaron a no dejar nada en el plato, que esta no es hora para que coma un castellano viejo) y un trozo de bizcocho con (sin) frutos rojos que podía haber sido más grande. Para terminar, agua oscura que las mozas que atienden en el avión llamaban cofi, y que es algo así como el café pero flojo, flojísimo. Al menos daban una tarrina de crema de leche y me han dado doble de azúcar y he conseguido que sepa a algo.

Comida sin sabor

En un viaje tan largo dan ganas de todo, y esto genera su capítulo escatológico del que me ahorraré los detalles, que son muchos, mayores y menores. Sólo contaros que como se mueve menos que el tren (mientras no haya turbulencias) se atina con más facilidad. Lo del grifo del lavabo tiene su gracia cuando no sabes. Encontrar el botón para que salga el agua me hizo llamar por error a la azafata al pulsar el botón que no era. Al menos fue una llamada breve que no fue atendida. Supongo que estarán acostumbrados a primerizos. 

En la foto también decidí omitir los detalles

¿Existe el Atlántico? Espero responder a esa pregunta en el viaje de vuelta porque en la ida no lo hemos visto. Hemos despegado entre nubes, nos hemos puesto por encima y por encima de ellas hemos estado volando hasta que se ha hecho de noche. Y luego vienen turbulencias, que supongo que están programadas por Iberia para impedir el sueño y que adaptemos el horario a los USA con más facilidad. El comienzo no está siendo todo lo idílico que esperábamos y ya sólo nos falta que nos paren en la aduana y nos quiten las sopas que Pepe lleva para Sara, o que en el contenedor que se jo... en la bodega fuera una de nuestras maletas. 


Para entretenernos un poco más, nos dan cena o merienda o lo que sea, a base de cruasán de jamónqueso, madalena, kitkat y yogur de arándanos. Nos han vuelto a dar cofi que ni con los polvos de la leche sabía a algo. ¿Estas chicas se harán el café así en su casa?.Nos hemos dejado para postre el kitkat, que estaba coj...

El Kit Kat estaba bueno

Aterrizamos en el “JFK Airport” poco después de las 3:00 hispanas, las 21:00 americanas, que hay que empezar a usar otro horario.

En New York (mola más decir New que Nueva) nos recibe a porta gayola el de las aduanas, que me intenta tomar las huellas y no hay manera. Ante el temor a que se complique la cosa le explico que tengo la piel muy seca y los sensores me dan problemas, y me dice que no es eso: que la pantalla está sucia y es cosa de limpiarla. Lo hace con gran dedicación pero con escaso éxito porque mis huellas permanecen en su habitual timidez y no se dejan ver. Pero como estos americanos tienen solución para todo, el fulano me saca una crema de manos hidratante que consigue su objetivo y me deja pasar. Wellcome. Pepe detrás y sin problemas y a buscar la exit del airport. Pensábamos que el trámite de aduanas nos iba a retrasar, pero en poco más de media hora estábamos en la calle cogiendo el autobús rumbo a Manhattan al encuentro con Sarita. Lo perdido en el despegue lo ganamos en el aterrizaje. Bien.

La primera impresión es que aquello es como estar en una película. Taxis amarillos, rascacielos y luces, pero también ratas. Sí, de las de cola larga y tamaño de ración para dos, en grupos de a diez en medio de la acera cual palomitas europeas y que no se asustan de los humanos. Un contraste interesante.


Después de la vuelta de toma de contacto nos fuimos al apartamento a dormir e intentar descansar, aunque ya nos avisó Sara de que desde el piso 18 se siguen oyendo las sirenas y los ruidos de la calle. Y qué razón tenía la niña. Nos pasamos toda la noche acompañados por una deliciosa sinfonía de claxon y sirenas en JO... mayor interpretada por el grupo de virtuosos de NY, acompañados por los solistas de los grupos de emergencias y dirigidos por la madre que los parió.

Y ahora, a comenzar la visita.

martes, 27 de diciembre de 2016

Cosas que pasan todos los días

Nos llamaron porque un joven se había caído desde una ventana del primer piso. No es algo muy frecuente, pero a veces pasa. Al llegar, nos encontramos con un negro (lamento ser políticamente incorrecto, pero no se trata de racismo sino de ahorrar palabras, que decir “un hombre de raza negra” en cada ocasión es muy largo y diciendo simplemente “negro” nos entendemos todos) sentado en el suelo con un tobillo del revés, con un par de heridas en la nariz y en la sien que, claramente, no eran consecuencia de la caída, sino que ya las traía puestas antes del vuelo, y con una joven con pinta de putilla (siento dar mi apreciación, pero creo que, como ya veremos, no me equivocaba mucho) que le estaba atendiendo cariñosamente. A nuestro profesional saludo “¿Qué t’ ha pasao, majo?” nos contestó que había saltado por la ventana. La cosa empezaba a torcerse, que no es lo mismo caer que saltar. La samaritana sólo nos dijo que se lo había encontrado en la calle y, tras darle al negro un beso cariñoso en la mano, se esfumó aprovechando nuestro desconcierto ante un salto tan extraño.


“¿Y cómo te ha dado por saltar por la ventana?”, fue la siguiente pregunta más o menos lógica que le hicimos. “He discutido con mi novia y me he puesto nervioso”. La explicación seguía retorciendo cada vez más las cosas y empezábamos a pensar que la salida por la ventana tenía más misterio del que parecía. “¿Y no tenías a mano una puerta para salir?, porque la ventana está un poco alta y te podías haber hecho daño”.

Como a eso ya no contestaba, y al ver que no se asomaba nadie a la ventana nos dio por pensar que en el piso había ocurrido algo raro y decidimos subir a ver si la novia estaba bien (de salud) y, tras localizar la vivienda, llamamos a la puerta. Nos abrió una sesentona con cara de estar haciendo croquetas y que no se asustó al ver a la policía llamando a su puerta, que es lo que suele pasar cuando la policía llama inesperadamente a la casa de la gente de bien. Le contamos que en la calle había un señor que decía que había saltado desde su ventana y, sin inmutarse, nos dijo que de su casa no había saltado nadie. Al insistirle en lo que decía el negro y hacerle notar que la ventana-trampolín era justamente la que estábamos viendo desde la puerta, ya empezó a recordar: “Ah, sí, ese señor ha llamado a la puerta, me ha dado un empujón, se ha ido corriendo hacia la ventana y ha saltado a la calle”.


En nuestra limitada inteligencia aquello sonaba raro: “A ver, señora, ¿me está usted diciendo que un negro llama a su puerta, la empuja, sale corriendo y salta por la ventana y usted no llama a la policía, y ni siquiera lo recuerda cuando le preguntan? A mí, esto no me pasa todos los días ni todos los años y me acordaría bastante bien”. Mientras la señora nos miraba como si mirara a sus croquetas, imagino que pensando la siguiente explicación, una cuarentona con pinta de putilla (otra vez mi apreciación personal) apareció en el pasillo. Cuando le preguntamos si sabía algo del suceso nos dijo que ella tenía su habitación, que estaba cerrada con llave y que no había oído ni visto nada.


 Al intuir que aquello era una casa más alegre que las del vecindario, mi compañero le preguntó a la sesentona, ya convertida en madame (y no por señora), si conocía al negro de ocasiones anteriores. Pues resulta que sí, que había estado liado con una chica que había residido en la casa pero que se había marchado la semana antes, y que ese día el negro había ido a buscarla y al ver que no estaba en la casa se había tirado por la ventana, que es lo que cualquiera suele hacer en esa situación, supongo.

La explicación tampoco nos convencía, pero desde ese momento ya no cambió la declaración. En el piso no había nadie más que la chica que no sabía, no oía y no veía, y no teníamos por dónde seguir investigando si el negro no quería contar más.

El negro, tras nuestras intensas indagaciones y nuestras agudas preguntas nos contó que estaba retozando con una chica de la casa alegre y que oyó ruidos de alguien que entraba en la casa y, pensando que era su mujer la que llegaba, decidió salir apresuradamente por la ventana para que no lo viera. La explicación, además de no parecerse a la de la madame, tampoco era convincente pero, como en el caso anterior, ya no quiso contarnos nada más.


Yo no sé qué pasó, que soy de escasa imaginación. Supongo que fue a pasar un rato de diversión (¿tal vez con la samaritana?) y en el piso hubo algo más que palabras con alguien que le puso al negro las cosas claras y las heridas en la cara. El negro vio la huida fastidiada y prefirió salir por la ventana. O lo sacaron, que eso no lo sabremos nunca. Ese alguien se marchó a continuación del negro, pero saliendo por la puerta, y no se quiso quedar a dar explicaciones, dejándonos con la intriga.

Si alguien tiene una idea mejor me la puede contar pero, mientras el negro no hable, de poco nos va a servir.

jueves, 27 de octubre de 2016

La maestra y el café

  
¿Os acordáis de cuando aprendisteis a leer? Supongo que no. Erais muy pequeños y los recuerdos de aquella edad se desvanecen. Las letras parecen haber estado siempre ahí, con su significado, y no recordáis cuando no eran más que un conjunto de rayas y de figuras extrañas sin sentido. ¿Os acordáis de la maestra que os enseñó a leer? Porque seguro que era maestra y no maestro. “¿Es buena tu maestra?” os preguntaban los mayores y vosotros contestabais que sí, porque no conocíais otra cosa y no teníais razones para quejaros. ¿Os acordáis de los cuadernos de Rubio para hacer caligrafía? Yo les tenía un odio infantil: repetir, repetir, repetir el mismo trazo, la misma letra durante varios renglones era una tarea tediosa en la que no ponía el menor interés y que intentaba acabar cuanto antes con un resultado tan lamentable que hizo que la maestra me llamara “chapucero” en alguna ocasión. Hasta me lo escribió en letras rojas en la cartilla. Y así me ha ido con la letra, que no la entiendo ni yo mismo cuando la leo después de varias semanas y ya no recuerdo lo que escribí. Menos mal que alguien inventó esto de la máquina y el ordenador.

 



Pero ahora, a mis 49 años, tengo el privilegio de estar aprendiendo a leer otra vez siendo adulto (al menos físicamente) y eso me permite ir disfrutando del proceso del aprendizaje. Signos que antes no eran más que unas rayas informes van adquiriendo ese sentido que alguien les dio y van apareciendo sonidos: bbbbb, zzzzz, tttttt, aaaaa. Los garabatos se van convirtiendo en algo comprensible y pierden su calificativo de garabatos a medida que la repetición hace que su identificación sea más rápida hasta que finalmente ya no existe más como garabato, porque se ha convertido en letra. Luego se van uniendo los sonidos unos a otros con más o menos dificultad: zzzeee, bbbaaa, dddaaa; y por fin se unen en cadenas que forman palabras incipientes: zzeebbaaddaa. Pero sólo incipientes, porque el proceso de lectura requiere una mayor práctica para poder entender las palabras. Al principio hay que leer el sonido de la palabra completa y luego pasar a  asimilar lo leído: “zzeebbaaddaa; ya está: zebada”. La comprensión de estos garabatos, aparentemente informes, me resulta un hecho fascinante.

El siguiente paso es saber qué quiere decir la palabra. Esto parece una cuestión nimia, pero cuando se aprende a leer es cuando todavía no se conoce el idioma y hay cientos, miles de palabras desconocidas. Las leemos pero no las entendemos. Todo irá llegando. O eso espero.



Mi edad también me permite ser consciente de la bondad y la competencia de mi maestra actual, aunque sea por simple comparación con las anteriores. Tiene paciencia con mis errores y no se enfada si tiene que repetirme las cosas varias veces. Dice que soy buen alumno, se sorprende de mis progresos y me cuenta que a ella le costó bastante más tiempo que a mí. Incluso hace fotos de las palabras que escribo para enseñar a sus amigos de Facebook los progresos de su alumno: el único que tiene.


 Mi maestra se llama Hafsa y nació en Tetuán hace menos años que yo. Para ser sincero, bastantes menos. Estudió filosofía y varios idiomas antes de venir a Siberia a trabajar como camarera en un bar al que vamos bastantes compañeros a tomar un café para entrar en calor cuando hace frío. Y entre café y café me va enseñando las letras árabes: a leerlas y a dibujarlas. Y ha pedido a un primo suyo que me compre los cuadernos equivalentes a los de “Rubio” para que haga caligrafía y mi letra árabe sea mejor que la latina, cosa que no creo que sea muy difícil, porque mi letra latina ya parece árabe.


   


   
Siempre me ha atraído la cultura y la lengua árabe y no sé por qué. Tal vez es por mi aspecto físico, que me adjudicó el apodo de “el ayatolá” cuando hice la mili; tal vez es por mi trabajo, en el que tuvimos una larga temporada con magrebíes problemáticos a los que no había quien entendiera y aprovechaban para desahogarse con imprecaciones en árabe hacia nosotros. Hace años quise estudiarlo pero no encontré dónde y acabé matriculándome en italiano de pura casualidad, simplemente porque el horario me iba bien. En las clases de italiano encontré buenos amigos y, además, aprendí el idioma de Leonardo da Vinci, de Galileo y de Dante, que no es poco.

Un día, hablando con Hafsa mientras nos ponía un café, le conté mi historia con los idiomas y le faltó tiempo para coger papel y lápiz y empezar a garabatear. Se tomó la tarea con más ilusión que yo y, poco a poco, consiguió que me aprendiera el alifato (así se llama su abecedario) y me fue introduciendo en el idioma árabe. Y ahora ya no me queda más remedio que seguir y espero llegar a hablarlo lo suficiente como para entenderme en situaciones básicas.

HAFSA
 Y si no me sirve para eso, al menos espero que me sirva como ejercicio contra el abandono cognitivo: leer un código diferente supongo que hará trabajar nuevamente mi escaso y atrofiado cerebro y además, leerlo y escribirlo de derecha a izquierda implica una actividad psicomotriz a la que no estoy acostumbrado y que requiere una atención que, lamentablemente, ya no pongo en la rutinaria tarea de escribir de izquierda a derecha con el alfabeto latino. Algo sacaré positivo de la experiencia. Ya os iré contando.