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viernes, 15 de septiembre de 2017

ESCENA DE UNA TARDE DE VERANO


   Mi compañero Pepe llevaba un rato largo sufriendo las consecuencias de la suculenta fabada que había comido ese día. Su presión abdominal iba en aumento y llegaba el momento de subir en el coche para recogerse, que había sido un largo y caluroso día de verano en la zona vieja de la ciudad en la que había atendido a numerosos turistas y otros ciudadanos con la tradicional amabilidad y eficacia que le caracteriza. Antes de subir al coche, Pepe pensó que era mejor no poner fin a sus sufrimientos en el interior del vehículo para no enemistarse con su compañero y amigo porque, aunque se conocían desde hace muchos años, éste no era partidario de soportar aromas ajenos en el habitáculo, y decidió aliviarse en el exterior, de frente a la puerta del coche, con las manos apoyadas en la ventanilla y sin tomar la elemental precaución de mirar a su alrededor.


   En ese instante, una turista de las últimas que quedaban por el lugar y vio a la pareja llegando al vehículo se acercó a pedir, suponemos, alguna información a mis compañeros, para lo cual se aproximó correteando por la retaguardia de Pepe, elevando al cielo el dedo índice de modo inquisidor al mismo tiempo que, con una jovial sonrisa, pronunciaba un educado “¡disculpe!” justo en el preciso momento en que Pepe contraía bruscamente los abdominales y realizaba un ligero movimiento de flexión con sus rodillas, dejando claro para cualquier viandante cercano que el potente efecto sonoro obtenido, más de trueno prolongado que de viento racheado, no había sido fruto de la casualidad, sino un acto deliberado, consciente y voluntario que obtuvo como primera consecuencia la instantánea congelación de la carrera y de la sonrisa de la mujer, que se quedó petrificada y con su dedo suspendido en el aire durante unas décimas de segundo mientras se preguntaba si era oportuno continuar con su consulta justamente a aquel gañán con uniforme, y como segunda consecuencia las incontenibles carcajadas del compañero de patrulla, espectador mudo, hasta ese momento, de una escena que finalizó con el inmediato y grácil giro de ciento ochenta grados de la dama, que ya había recogido el dedo índice y había decidido que era mejor dejar sus preguntas para otro momento, lugar o personaje.


   Pepe, ya felizmente relajado e ignorante de lo acaecido a su alrededor, le preguntó a su compañero por las razones de su risa y, tras conocerlas, se limitó a comentar “pues no sé para qué utilizarán el culo en su tierra si no es para aliviarse” y seguidamente se introdujo con toda naturalidad en el vehículo, finalizando de este modo una jornada que quedará imborrable en la memoria de una de nuestras visitantes.





miércoles, 16 de agosto de 2017

Un viaje a Nueva York: Los chinos y su barrio, la zapatilla rota, la boina a rosca y el concierto.


Miércoles, 19 de octubre de 2016

Esta noche no he oído los coros callejeros ni al solista que me acompaña así que ha sido buen comienzo.

Autobús y al sur a ver otras cosas y casas, que todo no van a ser rascacielos. Empezamos con NOLITA (llamado así por estar al norte del barrio italiano - NOrth LITtle ITAly-), y luego con el SOHO (SOuth HOuston), que tienen un nombre muy sugerente, y que simplemente son dos barrios que muestran que existe vida normal más allá de los rascacielos, con calles a la europea, acogedoras y amables.



El resto de la visita matutina se dividió entre el barrio italiano (lo que queda de él, poco más que una calle) y el chino, en el que no me vais a encontrar si un día me pierdo. Los puestos de venta de productos supuestamente alimenticios me han causado un cierto trauma con sus olores y apariencias que me reafirman en mi deseo de no pisar el país de origen de semejantes costumbres que, aunque para ellos sean normales, atentan contra mis gustos. Una pequeña anécdota: en una pescadería se cayeron al suelo dos peces vivos de gran tamaño, mostrando la frescura del género y, ante la imposibilidad de cogerlos a mano, el pescadero cogió una maza de albañil y los descogotó a ambos. Seguidamente los arrastró a patadas detrás del mostrador, quiero pensar, aunque creo que equivocadamente, que con destino a la basura. Hasta ese momento yo pensaba que lo del pez martillo tenía otro origen. A la hora de comer, la decisión entre pato o pizza no fue difícil.





Por la tarde unas compras con algo de regateo en el barrio chino y un amago de compra de falsificaciones digno de una película de mafiosos que se quedó en eso por la desconfianza hacia los sujetos.

Después, cruce de ida y vuelta del puente de Brooklyn, a pesar de mi zapatilla, que resultó un paseo y unas vistas del distrito financiero de lo más agradable.





Lo de la zapatilla es cuento aparte: al empezar a cruzar el puente se me desprendió la suela de la zapatilla derecha, que se iba moviendo como la lengua de un perro acalorado haciendo difícil el caminar. Pero hete aquí que había una COMPAÑERA (con mayúsculas) a la que recurrí, tras identificarme como colega, para pedirle un trozo de cinta de balizamiento para atarme el empeine a la suela al estilo “Martínez Soria” y como no tenía, se le ocurrió quitarse una goma del pelo para hacer la misma función, salvándome el resto de la tarde.


Le di un parche de brazo y una hombrera de los uniformes de Burgos como agradecimiento y me regaló su pulsera que parece que es típica en NY aunque con mi desastroso nivel de inglés tengo que reconocer que no me enteré de la explicación. Le quise dar unas hombreras de oficial y subinspector y las rechazó PARA QUE SE LAS DIERA A OTROS COMPAÑEROS, que ella tenía suficiente y quería darle la oportunidad a otros coleccionistas.



Luego a recoger a Sara a su trabajo en una supermultinacional, donde nos enseñó parte de las instalaciones. Allí se produjo el momento "boina a rosca" del día cuando fui a los baños y, al lavarme las manos, vi dos dispensadores con la etiqueta "Listerine" de unos 4 y 2 litros y pensé que los trabajadores no iban a tener mal aliento todo el día y que debían de ser unas muestras de prueba como jabón desinfectante. Me eché una dosis y me extrañó la sensación líquida y el olor tan logrado al enjuague bucal, lo que me hizo mirar la etiqueta para confirmar mi temor: me estaba lavando las manos con el famoso enjuague.



Al salir del baño, Sara, más lista que las ardillas, se dio cuenta de mi sonrisa gilipollas y preguntó... Una delicia ver cómo lloraba de la risa al escuchar el relato del lavado y el razonamiento del enjuague y el jabón. Cuando lo cuente mañana a sus compañeros se van a matar por conocer al payaso de su tío.

Para finalizar el día, Don José nos ha invitado a cenar (medio bien, que todo hay que contarlo) en un antro, el “WHA?”, en el que cantaron cuando empezaban Jimmy Hendrix y Bob Dylan (sí, el premio Nobel), y en el que hoy tocaba un grupo de nombre ignoto que lo ha hecho fantásticamente bien y con el que hemos disfrutado mucho, especialmente con un cantante colaborador, un tal Robin Andre.


  

Vuelta en Taxi amarillo, que no todo va a ser autobús y hay que probarlos, que también son típicos de NY.

Ahora a dormir algunos y a escribir otros.

Hasta mañana.
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P.D.: Por si alguno de mis lectores tiene la curiosidad de conocer a Robin Andre, aquí dejo un enlace a su canal de Youtube para que pueda ver sus vídeos:




lunes, 24 de julio de 2017

EL EXTRAÑO CASO DE LA MANIFESTACIÓN MENGUANTE


Una de nuestras funciones, como es sabido por todos, es la de regular el tráfico en las diversas situaciones conflictivas que pueden darse en una ciudad y entre ellas están las manifestaciones. Se hace un estudio del recorrido, de los flujos de tráfico a los que afecta y se establecen los desvíos necesarios para garantizar la seguridad de los asistentes y procurar una cierta normalidad en el tráfico de las proximidades. Esto lleva un tiempo y un trabajo que desde fuera no se ve y que, a veces, puede resultar complejo según el recorrido y el número de participantes estimado.
  

Pero en ocasiones las cosas no salen como están previstas, como en el caso de una parroquia que decidió hacer una manifestación por un motivo que ahora no viene al caso y a la que me tocó acudir como responsable de que todo trascurriera con normalidad.
La manifestación estaba programada para las 19:00, el recorrido era sencillo y no muy largo e implicaba a pocos compañeros para su desarrollo, cosa que es de agradecer para todos. Según los cálculos del organizador, a la manifestación acudirían 150-200 personas. O sea, los fieles parroquianos o los parroquianos fieles.
  

Nos presentamos en el punto de inicio (la parroquia) a las 18:50 y, para nuestra sorpresa, no había nadie en el lugar. Decidimos entrar en la iglesia y nos encontramos con que se estaba celebrando una misa, por lo que nuestro olfato policial nos dijo que seguramente la manifestación sería al acabar la celebración. Pues a esperar.
Sobre las 19:10, y una vez finalizada la misa, empezó a agruparse la gente a la puerta de la iglesia, tal como esperábamos, y quisimos hablar con el organizador para interesarnos por algún posible cambio de última hora. Para nuestra sorpresa (y ya van dos veces), los presentes nos dijeron que ellos no tenían ni idea de una manifestación y que simplemente salían de un bautizo. Pues a seguir esperando.


A las 19:20 se presentó el sacerdote que dijo ser, además del oficiante del bautizo, el organizador de la manifestación, y que la manifestación se iba a retrasar unos minutos porque el bautizo se había alargado más de lo esperado. Calculaba que el número de asistentes a la manifestación iba a ser de unos 60-80 debido a la demora en su comienzo, que había hecho desistir a algunos de ellos. Los supuestos manifestantes se encontraban esperando en el interior de un salón parroquial y por eso no los habíamos visto.
A las 19:40 horas, como no se iniciaba la manifestación ni aparecían los manifestantes, entramos al interior de los salones parroquiales y hablamos con el sacerdote anterior y con otros dos que parecían llevar la voz cantante en el acto, a los que preguntamos sobre la previsión de horario, porque la autorización para la manifestación era de una hora aproximadamente y se estaba agotando el tiempo autorizado, además de indicarles que teníamos otras previsiones de servicio que no pueden ser alteradas de modo caprichoso. Los sacerdotes respondieron que los asistentes a la manifestación se iban a ver reducidos a unas 20 personas y que dada la escasa cantidad de participantes iban a ir por la acera y que posiblemente no fuera necesaria la colaboración policial. Para esa cantidad de participantes y yendo por la acera me sobraban todos los compañeros que estaban preparados, porque simplemente tendríamos que echar una mano en los semáforos y pasos de peatones, más que nada por hacer un poco de paripé y quedar bien. Hala, toda la planificación al garete y los compañeros a patrullar.


 A las 20:00, finalizado el tiempo autorizado para manifestarse, y tras las últimas declaraciones de los organizadores, decidimos marcharnos del lugar por incomparecencia de los manifestantes y de los organizadores.
Desconocemos si finalmente salió algún manifestante, o se fueron a jugar un mus o tal vez solo un ajedrez, vista la merma de asistentes que se iba produciendo a lo largo de la hora de espera. Y por lo menos no hubo atropellos al cruzar el paso de peatones.





viernes, 9 de junio de 2017

Un viaje a Nueva York: Días de fotos.

Lunes, 17 de octubre de 2016

Día de tranqui.

Visita al Upper East Side, que no es un musical aunque lo parezca. Es una zona residencial de ricos, o de más ricos, que parece que todos los que viven aquí lo son por los precios que se ven. Pero que sea de ricos de Manhattan no quiere decir que sus calles tengan más encanto que La Castellana de Madrid o la Gran Vía de Salamanca, así que nos hemos ahorrado una buena caminata usando el autobús en algunos trayectos.


Por cierto, capítulo autobuses. Para entrar hay que subir varios escalones, que eso hace años que no se ve en España, y nos preguntábamos qué harían los discapacitados. Pues por la tarde contemplamos cómo una discapacitada subía con su silla de ruedas al autobús: sale una plataforma elevadora y la sube; después el conductor la ancla al autobús con unos ganchos.

Seguimos con el día. En vista de que el paseo por el Appariistsaid no daba para más, lo hemos cambiado por parte del Central Park, diseñado por algún visionario que vio la que se le venía encima a la isla de Manhattan y dejó entre una pechá y una jartá de terreno en el centro de la isla para hacer un parque con un laguito en el que olvidarse del ruido del resto de la urbe. Y le salió muy bien.



Luego, al museo Guggenheim o como se escriba: pequeño por fuera y por dentro. Entramos al recibidor y vimos la estructura arquitectónica, que era lo que nos importaba, y nos dimos la vuelta antes de llegar a la taquilla, que las obras modernas no se hicieron para unos carcas insensibles como nosotros y ya tuvimos bastante con el MOMA.

El Guggenheim. Pequeño y más feo que el de Bilbao
  
Cúpula y escalera del interior del Guggenheim

 Autobús y teleférico a la isla de Roosevelt, que tiene unas vistas preciosas de eso que llaman skyline, vuelta al teleférico y al bus para comer en un restaurante que teníamos ojeado cerca de casa y luego a echar una siesta reparadora.

Vista de Nueva York desde Roosevelt Island
  
Por la tarde, intento de subir a la terraza del Rockefeller Center, que se queda en eso porque las colas son inmensas. Ya intentaremos otro día comprando por Internet. Tras quedar con nuestra paciente anfitriona dimos un improductivo paseo "de tiendas" y algo más productivo en compra de donuts variados para desayunar (aunque la mitad de los donuts ya no llegaron a esa hora) y poco a poco a casita a hacer una cena ligera y a dormir y escribir.

Donuts de todo tipo de sabores y colores. Los mejores son los tradicionales.
Todavía me sale el azúcar por las orejas.

Y mañana ya veremos.


Martes, 18 de octubre de 2016

Esta noche ya no he oído las sirenas. Se ve que me voy acostumbrando a eso y a los ronquidos.
Hoy ha sido jornada de fotos.

Cogimos el autobús a primera hora, que no todo va a ser caminar, para ir al distrito financiero, ese barrio en el que hacer un comentario equívoco en presencia de alguien puede aupar o hundir las bolsas mundiales. O eso dicen.

Allí mismo se encuentra el embarcadero para ir a la Estatua de la Libertad y a Ellis Island, uno de los puntos de mi interés personal de este viaje, así que empezamos por aquí. La subida al barco llevaba añadida la emoción de tener que saltar a una rampa en el momento adecuado para no meterse en el agua hasta los tobillos con el ir y venir de las olas, que no sé cómo se las arreglará un discapacitado. 

Yo pensaba que estos americanos estaban más espabilados para estas cosas. El barco se movía bastante hasta que comenzó la navegación.


Vista del distrito financiero desde el barco a la Estatua de la Libertad.

El viaje empezó pronto a mostrar lo que podía dar de sí para la fotografía, que las vistas y el día despejado se aliaban para darle al disparador. Me refiero al de la cámara de fotos, que al barco no podíamos meter más disparadores que esos porque nos habían hecho pasar un control de seguridad igualico al del aeropuerto al ser un lugar emblemático de la "cultura" americana.

La Estatua de la Libertad es muy grande, más que su nombre en muchos lugares y muy fotogénica pero menos que el "skyline" del sur de Manhattan, que se llevó el mayor porcentaje de trabajo de nuestro fotógrafo particular.

Miss Liberty cara al sol con el brazo en alto.

                 Nueva Jersey                            Pepe                          Nueva York                  
   

Luego a Ellis Island a buscar los registros de mi antepasado. 7$ para usar media hora el buscador de registros y obtener un certificado oficial de su visita que me lo enviaba yo mismo a mi e-mail. Pero con el idioma hubo un malentendido y me dieron el código de uso del ordenador sin haber pagado. Cuando quisimos aclararlo se liaron más y entonces decidimos no meneallo aprovechando que no nos enterábamos (o no nos queríamos enterar) y ahorrar un poco de pasta. Y mejor así, que el susodicho certificado es un simple papel con unos datos que yo ya sabía, y ni siquiera lleva membrete de la oficina de inmigración. El museo no lo vimos, que iba siendo hora de regresar a ver a los brokers de Wall Street comiendo perritos (de los de salchicha, que no se asusten los animalistas) y hamburguesas en la calle.

Dimos un paseo por la famosa Wall Street, que es corta y estrecha y en la que sólo había turistas y un predicador con megafonía anunciando la llegada de Dios, que como parecía que ya no venía por lo menos hasta después de comer, no era cosa de quedarse esperando y nos fuimos a comer también nosotros.



Otra vez comida a la americana, que para eso hemos venido: unos burritos comprados en una cadena de mejicanos y que nos los llevamos a comer a un parque como se supone que hacen los de la zona, aunque en el parque sólo había turistas, palomas y dos fulanos con corbata. Tras la comida fuimos a tocarle los cojones (literalmente) a un toro enorme porque dicen que da suerte. Menos mal que el toro es metálico, que si no se los iba a tocar Rita por mucha suerte que den.
  

Tocando los cojones, como siempre. Abajo tenéis un vídeo de la "tocada".


video


Después subimos al mirador del One World, la torre más alta de Nueva York y que sustituye a las Torres Gemelas, que estaban allí al ladito y cuyos lugares han quedado como monumentos para el recuerdo. IMPRESIONANTE la subida en ascensor y las vistas, que en apariencia son muy buenas para las fotos pero que el cristal puede dar reflejos y estropearlas. Ya veremos qué dice el experto cuando las saque al ordenador.

Espacio que ocupaba una de las Torres Gemelas. Ahora es una fuente bordeada
por una barandilla en la que se encuentran grabados los nombres de las víctimas.
El agua cae hacia el interior del hueco central. Un recuerdo emocionante.

The One World Tower, la torre más alta de occidente,
que sustituye a las Torres Gemelas.

Nueva York de sur a norte desde la One World Tower. Al fondo, en el centro, el Empire State.

Paseo por Battery Park viendo el atardecer, y autobús al centro a ver a Sara al salir del trabajo, y que nos llevó a un "rooftop" (el 230 Fifth Rooftop Bar) que nosotros llamaríamos "bar con terraza en un ático" en el piso 20 y que tenía unas vistas excepcionales de los principales rascacielos de la ciudad. Más madera para el fotógrafo, aunque ya estaba un poco cansado.

Battery Park. Nueva Jersey al otro lado del río Hudson.




El Empire State desde el "230 Fifth Rooftop Bar".
La mejor terraza de Nueva York con buen tiempo.

Paseo a casa con parada en el parque Madison a cenar unos perritos calientes y ahora a dormir y a escribir.

Hay uno que ya ronca y no soy yo.


Hasta mañana.



viernes, 5 de mayo de 2017

DE ESPIRITISMOS Y BRUJERÍAS

Nuestro trabajo tiene intervenciones que podemos calificar como “normales”, si alguien es capaz de explicar este término, “anormales”, que son las que quedan fuera del otro grupo y que son las que suelo contar en este blog, y “paranormales” como en el caso que os cuento hoy.

Una noche, en nuestro recorrido rutinario, nos encontramos con otra patrulla que estaba colaborando en un accidente de tráfico, de esos de las intervenciones “normales”, y nos llamaron para que atendiéramos a un grupo de 4 chavales de unos 14-15 años que les estaban contando cosas un poco “anormales” y ellos tenían de sobra con el accidente y no podían estar a dos cosas, que ya sabéis que tenemos nuestras limitaciones. Los chicos estaban muy nerviosos y desencajados y hablaban todos a la vez, atropelladamente.

No nos enteramos muy bien de cómo había comenzado todo, pero el caso es que, según nos decían, unas amigas suyas les habían llamado por teléfono, que para eso está, y les habían contado que, aprovechando la ausencia de la madre de una de ellas, las chicas se habían animado a hacer una sesión de OUIJA, ese jueguecito con el que supuestamente se contacta con seres del “más allá”, como si más acá no hubiera gente maja para contactar, especialmente a su edad.


Pues como más allá debe de haber gente buena y mala (igual que más acá) alguno de aquellos seres, muertos, espíritus, espectros, ánimas, demonios o lo que sea, pero de mal carácter y condición, después de romper el vaso mediador usado en la comunicación, se había adueñado del cuerpo de una de sus amigas y la había dejado en un estado calamitoso. Como se lo habían dicho por teléfono, en un acto temerario por su parte, habían ido a comprobarlo y se habían encontrado a una de las chicas muy asustada y a la otra con los ojos negros “muy raros” y con una risa extraña constante e imparable, aparentemente poseída por no sabían qué o quién. La otra amiga decía que, según el “ente” que se comunicaba con ellas, si intentaban ayudarla la iba a matar. Y los chicos, acojonados (es más fino decir “asustados” pero este verbo los define mejor), salieron por patas a buscar ayuda. Y nos encontraron a nosotros.


A nosotros nos parecía que, más que posesión demoníaca, aquello tenía pinta de ser posesión de alcohol, que explicaría lo del vaso roto, o de alguna otra sustancia de dudoso origen y de más claro destino, que explicaría lo de la risa floja, pero al tratarse de un asunto con menores que podían estar sabe Dios (o los espíritus) en qué condiciones, decidimos que era mejor ir a comprobar el estado de las muchachas, que en casos como este, con menores implicados, más vale prevenir que curar y por pasarse de frenada nadie te dice nada, mientras que por quedarte corto vienen los problemas.

Los chicos, que no sabían darnos la dirección exacta, nos acompañaron hasta el portal de las amigas y, en un nuevo acto de heroísmo, subieron con nosotros hasta la vivienda para indicarnos la puerta y seguidamente, cual si de un auténtico poltergeist se tratara, salieron volando escaleras abajo en dirección a la calle, que para valentías y exorcismos ya estábamos nosotros, que para eso llevamos pistola aunque su eficacia sea dudosa ante el ataque de seres incorpóreos.




 Al llamar al timbre nos abrieron dos jovencitas de unos 14 años con cara de no haber roto un plato en su vida y un niño de 10 con cara de sorpresa al vernos en su puerta. La casa estaba ordenada y limpia y sin señales de que allí hubiera pasado nada fuera de lo corriente, salvo que una de ellas tenía enrojecidos los párpados y parte de las mejillas.

Cuando les preguntamos si había algún problema negaron la mayor, pero mi compañero fue sonsacándoles poco a poco hasta que confesaron que todo había sido una broma a los chicos, y lo de los párpados era debido al intenso lavado de cara para borrarse la raya que se había hecho en los ojos y que era lo que le daba el aspecto “raro” que decían los chicos.

Tras la correspondiente regañina y advertencia sobre las consecuencias de algunas bromas y cosas así, nos marchamos de la casa y, al llegar a la calle, nos encontramos a los chicos ansiosos y a la espera de noticias. Los pobrecillos todavía tenían el susto en el cuerpo y les tuvimos que explicar que las chicas se habían reído de ellos, lo que, paradójicamente, no les hizo ni pizca de gracia. Pero también les dijimos, para su tranquilidad, que no se habían equivocado del todo: el susto no había sido cosa de espíritus, sino de brujas. Aunque sólo tuvieran 14 años.






sábado, 1 de abril de 2017

Un viaje a Nueva York: Las palizas a caminar.

Segunda entrega de los whatsapps-resumen que enviábamos por las noches a las familias durante nuestro viaje a Nueva York.

 Sábado, 15 de octubre de 2016
Fin de jornada. Desguazaditos estamos.

Pese a las críticas a la globalización es una suerte que se puedan encontrar cosas tan útiles como el Compeed en cualquier aldea perdida del mundo como Manhattan. Eso me va a permitir recuperar el dedo gordo del pie, que no ha hecho más que rozar a partir de las dos primeras horas de caminar.

Pepe se teme unas agujetas de caballo pero no aparenta más desastre aunque dice que mañana va a pagar el exceso de hoy.

Mis rodillas también se quejan pero eso ya me lo esperaba.

La más fresca (en el sentido de entera, no en el otro) es la moza. Se nota la juventud y el entrenamiento de caminar viendo esta ciudad.

A la entrada de la ONU. Como era sábado no había banderas, que el conserje también descansa.

De momento está siendo interesante. Como estar en una peli americana. Las casas son muy altas y con unas cristaleras que da miedo pensar en limpiarlas. Unas son más chulas que otras y con mejor gusto (se nota que el que la pagaba tenía pasta) y otras parece que han aprovechado el terreno de un huertecillo para tirar metros hacia arriba y vender más pisos. He llegado a la conclusión de que el tío de la plomada era muy bueno porque le han quedado muy rectitos.


Aparte de esto, la ciudad es ruidosa, sucia y llena de obras. El tráfico es caótico y los turistas estamos por todas partes, como las ratas por la noche. Ayer vimos una decena en una acera y hoy casi piso otra. Es fantástico para ser la supuesta capital del mundo.


Antes de las elecciones, cuando los neoyorkinos no pensaban  que pudiera ganar.

La única visita a interiores ha sido al MOMA. Menos mal que sólo hemos pagado 5$ y no los 25$ de la entrada normal. Por lo menos nos hemos echado unas risas haciendo el gilipollas en las fotos. La visita me la ha salvado Picasso, que no es precisamente mi favorito, y algunos cuadros de un tal Warhol que aparecen en los libros y que ya hemos visto que existen de verdad.




  
El resto de la visita del día ha consistido en caminar y caminar y caminar entre rascacielos de todas las alturas, formas y colores haciendo fotos.


La comida a la americana. Hamburguesa doble con queso y patatas fritas hasta reventar. Todavía me duran en el estómago. Ahora a cenar un donut y un poco de leche y a la camita a ver si el concierto de esta noche es más suave y descansamos bien.

 

Seguiremos informando.



Domingo, 16 de octubre de 2016

Otra jornada con destrozina aunque en menor dosis.

La noche no me fue mal. Aunque el solista en esta ocasión fue Don José, con sus ronquidos en un forte allegro que cesaron a petición del público. En el segundo acto me dormí y no volví a oírlo y sólo me despertó a medias una sirena y voces por la megafonía. Estos polis siempre tocando los bemoles.

La visita de la jornada empezó bien en apariencia. Como gente religiosa que somos, nos fuimos a misa y elegimos la Iglesia Baptista de los Primeros Corintios, que anunciaban un oficio góspel. Había mucha cola pero nos dijeron que no había problema de espacio y ahí nos pusimos a esperar.

 

Para amenizarnos la espera pasaba constantemente una de las feligresas ofreciendo unos sobrecitos en los que meter un donativo, que la fe del turista no basta para mantener el culto, y que había que irlo presentando a la entrada e introducirlo en una urna en presencia de otro de los parroquianos antes de acceder a un teatro de dos pisos. Como soy del género araña, aprovechando el anonimato del sobre me limité a meter un dólar. Otros parroquianos se encargaban de la acomodación de los turistas en el gallinero mientras un grupo de góspel-rock se encargaba de calentar el ambiente.


 
Pero el supuesto calentamiento se prolongaba, en el escenario no cabían los esperados coros de negras culonas con túnicas y los parroquianos del patio de butacas seguían los cánticos con devoción. En ese momento empecé a pensar que mi inclinación arácnida había sido la correcta y que aquello no era lo esperado, sino un sacaperras para turistas. Tras una breve consulta e intercambio de opiniones decidimos que era mejor seguir camino.

Paseo por Harlem hasta el Cotton Club, un antro que por fuera parece un bar de chicas alegres de poco precio y que, como estaba cerrado, no pudimos comprobar si dentro había jazz o chicas. El barrio es chulo y agradable, con casitas de las que aparecen en las pelis, esas de escaleras de emergencia que unen los balcones en las fachadas.

 

  

Comida a la americana: pollo frito y rebozado hasta reventar, patatas fritas y pasta con queso y mantequilla. Estaba todo muy bueno y sobró.


Hicimos un paso breve por el campus de la Universidad de Columbia, donde intentamos infructuosamente que se nos pegase un poco de sabiduría, y después visita al museo de ciencias naturales. Demasiada información y demasiadas cosas para ver, por lo que no quedó más remedio que verlo a la carrera y parar sólo en lo diferente o atractivo: en nuestro caso fue la zona de dinosaurios, un par de vídeos sobre agujeros negros y el Big Bang, y la reproducción (me refiero a la réplica) de la ballena azul (o blanca, que ya no sabía ni lo que veía).




Cuando nos cerraron el museo, nos fuimos a Central Park a descansar un poco. Luego un paseo y a cenar unos yogures y fruta a un centro comercial que tiene mesas para que la gente se coma lo que compra. Menos mal que Sara ya va conociendo estos "chollos" teniendo en cuenta los precios de Manhattan: huevos a 7$, carne a 50$, fruta a 7$ el kilo (aunque aquí ponen el precio por libras y engaña porque parece menos).




Otro paseo hasta casa pasando por Times Square y a la cama a recomponer los cuerpos. Mañana ruta corta para descansar. Ayer fueron 25 km y hoy unos 20 km y museo.

Pepe ya está en la cama y dormido mientras yo escribo. Misteriosamente no ronca. Estará esperando a que me vaya a la cama. A ver si no se da cuenta de que los demás nos acostamos y dormimos todos bien.


Hasta mañana.